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| Ana de Armas con el romano pillín |
Hay varias maneras de afrontar una histórica. Con presupuesto, haciendo una obra maestra (ROMA, de John Milius); sin presupuesto, haciendo una obra maestra (Yo, Claudio); con presupuesto medio, haciendo un gran entretenimiento (Spartacus o Águila Roja); o con desfile de modelos incluido, haciendo una maravilla (para esto hay que ser inglés y trabajar en la BBC, como Los Tudor).
Soy un adicto a las series. Uno más. El seriéfilo no es de esos que andan buscando el truco del mago, a ver si lo pillan. Todo lo contrario. Siempre se concede el beneficio de la duda. Además, entre las históricas se echa de menos algo de producción española, con fundamento, lo que otorga una buena predisposición. No importa que un guión sea delirante, o que los anacronismos y errores históricos clamen al cielo: lo importante es la coherencia del guión. Si los actores se lo creen, bien dirigidos, con diálogos justos, y crecen en un universo coherente, la historia funcionará. Uno pone todo de su parte para creerse las historias, para encontrar grandes personajes y dejarse atrapar por distintas tramas en arcos narrativos de un capítulo o de varias temporadas.










