Puede que no lo sepan pero Cristóbal Colón era español, catalán concretamente. Eso lleva 20 años contando el historiador Jordi Bilbeny, con al menos cinco libros sobre el tema. Su nombre era Joan Colom i Bertran, un noble catalán y corsario que se puso más tarde Cristòfor Colom para no tener problemas por sus andanzas piratas. Bilbeny suele repetir que “se ha manipulado la gesta catalana del Descubrimiento”. No es una novedad, el gran especialista peruano Luis Ulloa lo propuso a mediados del siglo XX, y un poco más tarde Salvador de Maradiaga lo reafirmó añadiendo que el almirante era judío. Lo de judío o gentil tuvo otra derivada: el famoso caza nazis Simon Wiesental escribió en su libro “Operación Nuevo Mundo: La misión secreta de Cristóbal Colón” (1976) que todo el proyecto de América fue en realidad una operación de los reyes de España para encontrar una nueva Israel a los judíos expulsados. Si bien es cierto que el plazo para la expulsión terminaba el 10 de julio de 1492, se permitió extenderla hasta el 2 de agosto a las doce de la noche, es decir, el 3 de agosto de 1942, el mismo día en que salió de Palos de la Frontera (Huelva) la expedición de las carabelas La Pinta y La Niña, y la nao Santa María.
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viernes, 12 de octubre de 2012
Día de la Hispanidad catalana
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Manipulación mediática,
Personales
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lunes, 18 de junio de 2012
La Batalla
Soy español, cosas del destino, podría haber venido al mundo en cualquier otro lugar pero tuve suerte. Si fuera sioux cantaría las glorias de mi pueblo, alabaría a nuestros grandes líderes, la sabiduría de los ancianos, el coraje de los guerreros y el poder omnipotente de Manitú. Contaría la batalla de Little Big Horn, en que 6.000 guerreros vencieron a 600 enemigos, matando a 268. Pero resulta que soy español, y por estos pagos de Hispania una batallita así no va más allá de nota a pie de página.
Si fuera sioux narraría las glorias de Caballo Loco, pero no puedo, ¿cómo podría si entre mis antepasados hay hombres como Blas de Lezo y Olavarrieta? No tenía la melena del indio, de acuerdo, pero aquel vasco manco, cojo y tuerto hizo hincar de rodillas al imperio inglés, defendió Cartagena de Indias hasta la muerte y desarboló el mayor desembarco anfibio de la historia hasta Normandía. Cuando el capitán Julio León Fandiño cortó la oreja a Robert Jenkins lo mandó a la Cámara de los Comunes con la oreja en la mano: «Ve y dile a tu rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve». Haciendo un esfuerzo podría comparar a Hernán Cortés con Julio César, pero aclarando, tal y como hace Bernal, que las gestas del español superan a las del romano en cualquier aspecto, en todos. César, que lloró en España ante una estatua de Alejandro, se hubiera desesperado de conocer a Cortés. Es como una entrevista que leí a Freddy Mercury, a finales de los ochenta. Mercury era una súperestrella genial y entrañable que admiraba la voz de Montserrat Caballé, pero pensaba inocentemente que, ante un gran auditorio, él tendría que asumir el peso del espectáculo. Según explicó él mismo, todas las dudas desaparecieron en el primer segundo de la diva ante miles de personas. La Caballé, aquella amable señora, se transformó en una diosa madre íbera, la Dama de Elche, proyectó su voz y mandó como mandan los toreros. Mercury solo podía adorarla. No es lo mismo. Será muy difícil ser un Freddy Mercury, pero ser Montserrat Caballé es otra cosa, es un milagro.
El 387 aC Roma fue saqueada por los galos (varrón mantuvo que la fecha fue
el 18 de julio de 390 aC), y ocho siglos después Roma fue saqueada por los
visigodos al mando de Alarico (el 24 de agosto de 410 dC). Era el fin del
imperio en occidente y el principio de las naciones romanas. Todavía ocho
siglos más tarde, el 16 de julio de 1212, aquellos romanos y godos romanizados,
se enfrentaron en la más grandiosa batalla que pueda imaginarse contra la
tiranía y la barbarie, en Las Navas de Tolosa, sencillamente, La Batalla. En
unas horas nuestros padres, unos 70.000 hombres libres, arrasaron a más del
doble de sarracenos y pasaron a cuchillo a cien mil fanáticos que habían jurado
destruir Europa y convertir Roma en cuadra para sus caballos. "Hombres libres",
han leído bien, porque mi nación es única en el mundo también en esto, hombres
de frontera que junto al arado guardan su tizona toledana. Las palabras
"guerrilla" y "guerrillero" son ahora universales, pero
nacieron allá donde los hombres eran libres para defenderse: casualmente es mi
país.
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Islamismo,
La quinta invasión,
Roma
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viernes, 29 de octubre de 2010
Hispania, la leyenda (del Jabato)
![]() |
| Ana de Armas con el romano pillín |
Hay varias maneras de afrontar una histórica. Con presupuesto, haciendo una obra maestra (ROMA, de John Milius); sin presupuesto, haciendo una obra maestra (Yo, Claudio); con presupuesto medio, haciendo un gran entretenimiento (Spartacus o Águila Roja); o con desfile de modelos incluido, haciendo una maravilla (para esto hay que ser inglés y trabajar en la BBC, como Los Tudor).
Soy un adicto a las series. Uno más. El seriéfilo no es de esos que andan buscando el truco del mago, a ver si lo pillan. Todo lo contrario. Siempre se concede el beneficio de la duda. Además, entre las históricas se echa de menos algo de producción española, con fundamento, lo que otorga una buena predisposición. No importa que un guión sea delirante, o que los anacronismos y errores históricos clamen al cielo: lo importante es la coherencia del guión. Si los actores se lo creen, bien dirigidos, con diálogos justos, y crecen en un universo coherente, la historia funcionará. Uno pone todo de su parte para creerse las historias, para encontrar grandes personajes y dejarse atrapar por distintas tramas en arcos narrativos de un capítulo o de varias temporadas.
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