Hay una manera infalible de reconocer el arte. Si necesita explicación, no es arte. Cuanto más intente alguien explicar La Pietà o el Ave Maria de Schubert, más se alejará de la obra artística. No se puede explicar un pequeño poema de Miguel Hernández con 500 páginas de ensayo. Ningún puntillista pudo descifrar a Ver Meer y cada conceptual seguirá dándose de cabezazos con Velázquez. Es lo que ocurre cuando se entiende mal el encuentro de ciencia y religión. La mano de Dios es inefable, se muestra en Covadonga, en una madre amamantando a su bebé y en la belleza de E=mc2. Cuando esa expresión llega a su máximo y se imprime como un sello sobre la cera caliente del ser humano, tenemos a Cristo.
En 1961, Pier Paolo Pasolini, según él ateo y marxista, declaraba: «Yo soy anticlerical, pero sé que dentro de mí hay dos mil años de cristianismo». Con sus antepasados —decía— edificó las iglesias románicas, luego las góticas, y luego las barrocas; su contenido y su estilo formaban parte de su patrimonio personal: «Estaría loco si negase esta fuerza potente que está dentro de mí, si les dejase a los curas el monopolio del Bien». En 1963 lo condenaron a 4 meses de cárcel por una película abiertamente anticlerical. En el 64 estrena El evangelio según San Mateo, que dedicó al Papa Juan XXIII. En 1999 el Vaticano premió El evangelio según San Mateo de Pasolini como una de las mejores películas del siglo XX.
Cuando académicos como Miquel Navarro dicen que el arte actual se ha hecho menos humanista y más analítico, lo que están diciendo en realidad es que es menos arte. No es extraño que algunos fotógrafos y cineastas hayan sustituido el papel que tuvieron los pintores hasta Picasso y Dalí, o que dé lo mismo tener en la pared un cromo de Miró que el original del cromo. Cualquiera, analfabeto o erudito, siente más emoción con El Gran Torino que con toda la colección de Warhol; la estética no basta y todas las ágoras del mundo no impedirán echarse una buena siesta ante el aburrimiento. En el terreno espiritual, Juan Pablo II propuso «una invitación a volver a encontrar la la vía de la belleza, en la fe, en la teología, y en la vida social para elevarse hacia la belleza divina», y Benedicto XVI, preparando el encuentro con los artistas, afirma que la vía de la belleza es un recorrido privilegiado y fascinante para acercarse al Misterio de Dios. El resumen de esta situación lo enunció mucho antes un auténtico genio, José Ortega y Gasset, la deshumanización del arte.
Porque, ¿alguien puede explicar lo que es el arte? De hecho, ¿alguien puede explicar nada de lo que vemos? Einstein concluyó que no sabemos, adivinamos, y tras él la posmodernidad terminó de arreglarlo: la Teoría del Caos, el principio de incertidumbre de Heisenberg o el teorema de Bell nos envían de vuelta a los presocráticos para tratar como a meros enciclopedistas a Aristóteles o Tomás de Aquino.
San Francisco de Asís: “Lo que buscamos es lo que busca”

A principios de los 60, el trabajo matemático de Dennis Gabor fecunda en una forma diferente de ver: el holograma. Cualquier parte del holograma contiene toda la información, a diferencia de una foto en que podemos cortar pedazos. Al mismo tiempo, el neurocirujano Karl Pribram, retomando estudios de Karl Lashley sobre la memoria, llega a la conclusión de que el cerebro funciona como un holograma, por ejemplo podemos cortar cualquier parte sin que afecte a la memoria. No hay manera de situar el «yo».
Werner K. Heisenberg, Premio Nobel de Física en 1932, es autor de una de las grandes contribuciones a la física cuántica: el principio de incertidumbre. Cuanta mayor concreción ponemos, por ejemplo, en determinar la posición de una partícula, más desconocido se nos hace su movimiento lineal. Una partícula puede estar en dos sitios a la vez, en dos tiempos a la vez, tomando espacio y tiempo como meras convenciones mientras alguien no explique su naturaleza (que levante la mano el que lo sepa). Si es imposible medir la posición y el momento lineal de una partícula, significa que cuanto más intentamos cerrar nuestro acercamiento a la realidad, más se nos escapa. Para el observador humano, la indeterminación cuántica resulta despreciable, y sin embargo existe. Algunos, como Stephen Hawking, han dado explicaciones alternativas para salvar el indeterminismo, pero su propia explicación —no existen posiciones y velocidades, sólo ondas— continúa situando al observador como ajeno a la realidad real. Nos resulta imposible comprender que lo que vemos y tocamos como materia sólida no lo es. Ante mí hay un pisapapeles de granito y me es imposible aceptar que el 90% de lo que toco es espacio vacío, que cuanto veo es un reflejo de algunas ondas moviéndose, que se cumple la Tabla Esmeraldina: «Lo que está abajo es como lo que está arriba». Al mismo tiempo que Heisenberg se ocupaba de la física, el filósofo Jiddu Krishnamurti se esforzaba en hacer comprender que: «Cuanto más hablamos de “la verdad”, o incluso la pensamos, más nos alejamos de ella».
Holouniverso