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martes, 15 de diciembre de 2009

Las mezquitas son nuestros cuarteles

Dijo Erdogan en la lectura de un poema: «Las mezquitas son nuestros cuarteles y los minaretes nuestras bayonetas». Ese mismo Erdogan, primer ministro turco y cofundador de la Alianza de Civilizaciones, es el que tacha de fascistas a los suizos al rechazar por abrumadora mayoría la construcción de minaretes en las mezquitas. Y eso de «la corriente racista y fascista» lo dice un aliado y moderado Erdogan, igual que lo era Bumedian, presidente socialista de Argelia, ferviente defensor de los Países No-Alineados y de un nuevo orden económico internacional (estas cosas no sé de qué me suenan): «Conquistaremos Europa con el vientre de nuestras mujeres».

La anécdota de los minaretes, en un país donde hay cuatro y tienen prohibidos los gritos de muecines, con o sin megáfono, ha provocado un gran debate europeo impulsado principalmente desde Francia. Llama la atención que todas las vueltas al tema, en definitiva, son la constatación por unos u otros de que hay un solo islam y dos tipos de creyentes: el buen musulmán, incompatible con la civilización, y el mal musulmán o practicante tibio, que puede ser integrado en Europa. Erdogan es un mal musulmán, por tanto aceptable para nuestro sistema; Ahmadinejah es un buen musulmán, inaceptable. El diario de los progresistas galos, Le Monde, en su crítica a Sarkozy, viene a decir eso mismo: «[El razonamiento de Sarkozy] significa olvidar que podemos ser de cultura musulmana sin ser un ferviente practicante del islam» (C’est oublier que l’on peut être de culture musulmane sans être un fervent pratiquant de l’islam). Eterna contradicción de la progresía europea: el islam es aceptable siempre que sus practicantes sean malos creyentes. En palabras de la ex-musulmana Wafa Sultan, que recibe amenazas de muerte cada día:

«Islam no es solo una religión, islam es una ideología política que predica la violencia e impone su agenda a la fuerza… se los llama erróneamente “moderados”, no creo que haya musulmanes “moderados”, creo que hay moderados en términos culturales, no en términos religiosos».


Son dos temas distintos: inmigración e ideología musulmana. El imam de la Mezquita Central de Melilla hace llamamientos racistas barnizados de islamismo: «Votamos para que ganen los musulmanes. Debes defender a tu raza. No es un error, si eres musulmán debes estar con ellos. ¿Quieres la democracia?, pues está en el islam. No te vendas al Partido Popular, al socialista, tú lo que eres es musulmán y debes ir con los musulmanes y no hay más que hablar». Confundirlos en sentido contrario es típico de entidades benéficas como la Iglesia: seamos tolerantes con quienes, en sus países, te meten en la cárcel por ser cristiano, budista o ateo. En un comunicado emitido en septiembre, los obispos suizos se opusieron frontalmente al referendum, «En esta materia, el miedo es mal consejero». Tras conocerse el resultado, el Episcopado suizo manifestó su total rechazo. En el Vaticano, el presidente del Consejo Pontificio de Pastoral para los Migrantes, Antonio Maria Vegliò, expresó la opinión oficial: «Impide la libertad religiosa», y «nosotros, cristianos, no podemos aceptar la lógica de la exclusión».

Lo que es mal consejero es el populismo, que radicado en la izquierda y la derecha, provoca la mezcolanza de inmigración con ideologías políticas perniciosas. En Italia, el cardenal Dionigi Tettamanzi, arzobispo de Milán, sufre el constante acoso de Berlusconi —Liga Norte por medio—, que le recrimina su apertura hacia los inmigrantes y lo acusa de ser una especie de imam favorable a las mezquitas, casi comunista, equiparando su presencia en Milán a la de un cura mafioso en Sicilia. Tettamanzi se puso definitivamente en la diana con un discurso criticando a Milán por el desalojo de 250 gitanos, justo cuando los niños habían empezado a ir a la escuela. Hasta tuvo que salir Bertone citando al Papa: «Ricos y pobres, países desarrollados y habitantes de países subdesarrollados, somos todos protagonistas de la misma vida.Debemos salvarnos juntos».

Mientras unos juegan a multiculturales tolerantes, otros lo tienen claro. Su nombre lo dice todo: Partido Renacimiento y Unión de España (Prune), nacido en Granada, que se presentará a las elecciones municipales de 2011 buscando los votos de 1.300.000 musulmanes, más que los de ERC o IU, así que cuidado con herir su sensibilidad.

Con papel de fumar

Antes de las 1.200 limusinas, los 120 jets privados entrando y saliendo, las dietas de caviar y las putas sostenibles, justo después del watergate calentológico, los del cambio climático (ya no se dice calentamiento global) se plantearon el verdadero problema que inquietaba en la ONU: prohibidos los abetos navideños, ¡en Dinamarca! para no ofender a los musulmanes. Lo de que la reina Margarita II, por tener que sentar a su derecha al jefe de Estado más veterano, termine alternando con algún insigne representante del islam como Gadafi, casi parece una cuestión menor.

Lo políticamente correcto es no ofender sensibilidades (musulmanas, por supuesto). Por ello, cualquier prisión española con más de diez presos musulmanes (que son todas) está obligada a tener mezquita, y así se crean verdaderas escuelas de islamismo. España, 67.000 reclusos, es el país europeo con más presos por habitante, 150 personas encarceladas por cada 100.000. El 35% son extranjeros (en Suiza se llega al 80%). Las cárceles españolas están sufriendo un incremento brutal de la población reclusa en la última legislatura, alcanzando un 25% de crecimiento que ha provocado la masificación, especialmente de musulmanes. No hay que ofenderles. En la cárcel de Ceuta, con capacidad para 80 internos pero acogiendo en realidad a 288 personas, han decidido suprimir el cerdo de las comidas para todo el mundo, musulmán o cristiano.

Ofendidísimas están todas las dictaduras de la Organización de la Conferencia Islámica (OCI), que piden a Suiza invalidar el referéndum. Sin duda, los Emiratos Árabes Unidos, Irán, Yemen o Afganistán van a comprometerse, a partir de ahora, en la construcción de catedrales y permitirán a las mujeres llevar pantalones.

En Valencia, por ejemplo, en otra muestra de los progres de derechas (la idiotez no tiene color político), los nuevos hospitales ya no cuentan con su capilla. Denia, Manises, el provincial de Castellón y la nueva Fe no tienen oratorio católico. La consellería de Sanidad y el comité nacional de bioética, órgano consultivo del Ministerio, han decidido sustituirlas por «una sala multi-confesional exenta de imágenes y símbolos para no herir sensibilidades». Sensibilidades, ¿de quién? ¿De la señora que pierde a su hijo? ¿Del enfermo terminal buscando la paz? ¿De la familia rezando para que su padre se cure? Sin duda, nos lo explicará el president Camps cuando vuelva de su enigmático viaje a por petrodólares.

Lo del Reino Unido es para darles de comer aparte. Instalados en la soberbia, su mentalidad piratil y una supuesta superioridad moral, la consigna es el laissez faire. No es ajeno que Londres sea la sede financiera islámica, ni que los bancos británicos apliquen la sharía. El arzobispo de Canterbury, Rowan Williams, en su conferencia Derecho civil y religioso en Inglaterra, ha propuesto que se puedan aplicar legalmente partes de la sharia, algo que ya ocurre de facto, ofreciendo a los musulmanes escoger la jurisdicción que prefieran en el derecho civil. La realidad es que tanto en Inglaterra como en USA ya existen tribunales islámicos cuyas sentencias son ratificadas judicialmente. En Canadá ni siquiera hace falta certificación judicial. En la provincia de Ontario (Canadá), se aprobó por el parlamento en 1991 la Ontario Arbitration Act, que permite a las minorías buscar su propio arbitraje en cuestiones civiles y financieras. Basados en aquella ley del 91, Canadá ha empezado a utilizar la sharía como código civil.

Reacción europea

La parte de España más afectada por el islamismo es Cataluña. Hace unos días se supo que un tribunal islámico en Tarragona condenó a muerte a una mujer embarazada que denunció malos tratos. Son conocidas las brigadas de la moral, y las mismas entidades marroquís ya avisaron del fanatismo islámico en aquella región. En un inquietante artículo, el president del Secretariat d’Immigració de Convergència, Àngel Colom, alerta contra un islam incompatible con Cataluña. Relata su paseo por Lérida hasta la mezquita de la calle del Norte, donde hay un conocido imán salafista que «obliga a sus seguidores a practicar un estilo de vida no concorde con la realidad de la Cataluña y la Europa del siglo XXI». Colom explica que se sentía «como si me encontrara en Argel», barbas, pañuelos negros y túnicas. Los políticos pasean poco por barrios populares; en algunas ciudades hasta pueden agredirte si te ven fumando un cigarro durante el ramadán (si quieres fumar otra cosa eres bien recibido). El ayuntamiento del PSC «hace permanentemente la pelota a ese imán» (cediéndole un terreno para construir una mezquita más grande) y, según Colom, «hay que actuar… Las instituciones tienen que poder expulsar de Cataluña a los imanes que predican el odio a Occidente y a la democracia». El líder de Unió, Josep Antoni Durán i Lleida, denuncia:

«Las ayudas públicas que en Cataluña reciben diversas entidades descaradamente integristas y cuna del fanatismo islámico en nuestro país. Incluso hay entidades o asociaciones musulmanas que viven atemorizadas por la actuación de los integristas y que acusan al gobierno de la Generalitat de dejar el terreno libre a los extremistas».


En España cualquier indeseable se permite explicar desde la mezquita de Fuengirola cómo pegar a las mujeres sin dejar marca, y al día siguiente dos energúmenos apalean a una mujer en Ciudad Real por no llevar el velo islámico, haciéndola abortar. Lo triste es que, ante la inacción, crecerán fanáticos como setas, ya sea en la extrema derecha de las antorchas neonazis (ERC, PNV, España 2000) como en la izquierda no se sabe qué con pañuelito terrorista.

En Alemania han decidido que si hace falta implementar medidas anti liberales para defender su cultura, se hace. A raíz de una denuncia que presentaron las Iglesias Católica y Evangélica, el Constitucional ha prohibido abrir los comercios los domingos de Adviento, preservando así sus tradicionales valores.

Bélgica prohíbe el velo islámico en sus escuelas. Francia prohíbe el velo islámico en centros públicos y ahora, tras el velo, estudia prohibir el burka. Lo han llamado debate sobre su identidad nacional (sí, allí también), aunque para el vecino del norte sea un eufemismo que esconde la aparente incompatibilidad del islam con la República, el miedo hacia los 6 millones de musulmanes, la mitad franceses. La hipocresía y el populismo son quienes mandan. Cuando el ministro de Inmigración e Identidad Nacional, Éric Besson, impulsó la discusión, la izquierda ansiosa por encontrar nuevos nichos de votantes le abucheaba mientras él decía: «Escuchemos al pueblo, oigámosle. Por naturaleza, un republicano no tiene miedo del pueblo». Sarkozy anuló su discurso en el foro Qu’est-ce qu’être français? del Institut Montaigne, y finalmente expresó su opinión, sí pero no, en Le Monde: «Respecter ceux qui arrivent, respecter ceux qui accueillent». Respeto por quienes llegan sí, pero venir significa aceptar previamente el pacto social y cultural europeo. O al menos, ese es el debate.

1 comentario:

  1. No faltan buenas razones para juzgar al islam una ideología política expansionista travestida de religión. Un credo que tenga al Corán por suprema autoridad moral es un artefacto peligroso. Y lo que es más grave, la simplicidad de la teología islámica, su inorganicidad y su fideísmo descarnado hacen casi imposible un cisma o una reforma con consecuencias doctrinales. Pero creo también que no hay argumentos concluyentes para estimar "a priori" que todo buen musulmán es un fanático, ni para determinar que el islam deba ser como quiere Arabia Saudí necesariamente, esto es, siempre y en todas partes. La cuestión es si la pedagogía que nos ha de conducir a este futuro utópico de libertad de conciencia y civilización común pasa por la prohibición de ciertas manifestaciones religiosas (que en democracia tiene los días contados, salvo que se retoquen las Constituciones), por la integración social de sus fieles (lo que los convertiría en apóstatas por defecto) o por la conversión cristiana vía ecumenismo (es decir, en ser apóstatas por exceso). Ninguna de las tres es sencilla, pero hay que optar por la más sostenible a largo plazo. La decisión de Suiza puede ser contraproducente si se percibe como discriminatoria; puede abolirla un tribunal de un plumazo, lo que sería proclamado como una victoria desde el fundamentalismo, o puede en caso contrario provocar que los partidos musulmanes crezcan como setas en Europa. La integración, a su vez, es susceptible de resultar engañosa, pues ¿qué garantía nos ofrece de que no es sólo una espera hipócrita hasta encontrarse en una situación de mayor poder e influencia? Sólo veo una salida en el trasvase de la fe musulmana a los moldes cristianos, junto con una política de control férreo de la inmigración. Pero no hay ni voluntad ni convicción para un proyecto de estas características en la era del pensamiento débil.

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