Llegó el verano. Tiempo de dietas absurdas, de adictos al melanoma y serpientes de verano (en la Albufera de Valencia ya andan buscando un siluro), pero sobre todo, tiempo de guerra. Además, con la actual situación, es tiempo de distracciones, si no hay fútbol hay Gibraltar, o encapuchados que se jubilan a los 42 con 2.700 euros descarrilando trenes y lanzando cohetes contra guardias civiles mileuristas. Lo normal en el showbiz, hay que alimentar dos informativos al día.
Pero desde antes de Numancia el verano es sobre todo para la guerra. Los numantinos aguantaron 20 años al imperio, los romanos se retiraban cada año con el frío a sus cuarteles de invierno y volvían con las golondrinas. Napoleón perdió la Grande Armée por el frío, como Hitler. Con el siglo XXI, internet, no hay mejor estación para soltar a los perros de la guerra. Así es como esta segunda Restauración española ha podido meterse en innumerables guerras exteriores, sin que se note, matamos pero poquito, con talante, bombardeos pacifistas y tiros humanitarios.
Hace un par de semanas publiqué en esta misma columna que el Ejército sirio estaba bombardeando Houla, y que habían matado a 108 personas, 49 de ellas niños muy pequeños, 32 mujeres, tal y como informó toda la prensa occidental. Era mentira. Otra vez.
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lunes, 25 de junio de 2012
lunes, 4 de junio de 2012
De Afganistán a Siria
La semana pasada nuestras tropas de la OTAN confundieron a una
familia que paseaba por su pueblo, Gerda Serai, al este de Afganistán,
con una célula terrorista. Mataron a los padres y sus seis hijos. Mojamé
nació en esa región, Paktia, una de las 34 que juntas llamamos
Afganistán, como si hablásemos de un país. Mojamé no tiene ni idea de
por qué están allí los demonios occidentales, nunca ha oído hablar del
World Trade Center. Para él Kabul es otro mundo, uno que no comprende,
es el mundo de los invasores y Karzai, que apenas controlan la capital y
unos 40 kilómetros alrededor. Para entendernos, es como si la ley
(occidental) solo imperara en Madrid capital, y a partir de Colmenar,
Fuenlabrada o Getafe, se abriese al resto de España la jungla (la ley
musulmana y tribal). Mucho más cerca está Pakistán, donde viven
tranquilamente los restos de Al Qaeda. Hoy es viernes, el único día de
la semana en que su esposa puede salir de casa, a la mezquita con burka
(el niqab, que deja ver los ojos, le parece indecente). Sacan la vieja
furgoneta soviética y Mojamé abre el portón de atrás para meter a su
mujer en cuclillas, donde nosotros llevamos al perro (ni eso, a mi perra
no la meto en un maletero, antes me voy andando). Después de los rezos
dejará a la esposa encerrada en casa y acudirá a un acto social, en casa
de Omar, muy cerca de los campos de opio, porque Afganistán vive de la
heroína, es el primer productor mundial. Su amigo Omar, pese a que ya se
ha comprado un niño bailarín para colmar sus necesidades sexuales,
gusta de ofrecer veladas cuando otros hombres de negocios presentan sus
lotes de Bacha Bazi antes de venderlos. Niños de nueve o diez años, los
visten de mujer, los pintan como odaliscas, los hacen danzar
sensualmente y entre los humos de la cachimba son violados. Los afganos
pasan la juventud sin ver una mujer hasta después del matrimonio, y ese
será el único rostro femenino de su vida, además de la madre. «Las
mujeres son para los niños, los niños son para el placer», dice el
proverbio afgano, o lo que nuestra progresía define como “peculiaridades
culturales” en el ámbito de la “alianza de civilizaciones”.
Etiquetas:
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