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viernes, 23 de enero de 2009

La Profecía


En 2001 la cadena FOX realizaba una ficción de futuro cercano introduciendo por primera vez la figura de un hombre negro en la Casa Blanca, basado en ideales de honradez y la figura de Lincoln, que es a quién se remite el nuevo presidente con su Biblia y el viaje en tren de Illinois a Washington.
El actor Dennis Haysbert declararía posteriormente que su personaje en la serie 24, David Palmer, había allanado la vía para Obama.

La curiosa profecía, cumplida hoy parcialmente, adelantaba en ocho años el devenir del mundo. Coincidiendo con los fastos de enero acaban de estrenar la séptima entrega de la saga, que transcurre en 2.017, y me atrevo a augurar otro éxito profético que ni Isaías en los mejores tiempos bíblicos: el próximo presidente del imperio será una mujer. Ya ven, 27 siglos no son nada. Caroline Kennedy o Chelsea Clinton, una de las dos, podría ser la primera presidenta -mujer- de los Estados Unidos, aunque personalmente apuesto por la última de Camelot, Caroline. Al tiempo.

De hecho, otra previsión profética se está cumpliendo estos días: en la ficción comienza la nueva entrega con el cierre de la CTU (Unidad Anti Terrorista), que es el equivalente al Guantánamo real. La presidenta de ficción cierra la CTU como Obama cierra la prisión cubana. Quedan por resolver ambas incógnitas. Cómo actuar y dónde están los límites cuando un prisionero tiene y niega la información para evitar un holocausto; y qué hacer con un ejército apátrida de combatientes sin uniforme. Ese es, al final, el problema ético que se plantea en Gaza.

El nuevo emperador mediático se corona rodeado de supermillonarios cantantes, toda la beautiful holliwoodiense, dos millones de romanos y algunos bárbaros haciendo turismo, además de la conveniente sincronización europea para que veamos en directo, a las seis de la tarde, el triunfo de la televisión.

¿Qué pinta todo el petardeo artístico en la posesión de Obama? ¿Hablamos de la mayor democracia mundial o de la coronación de un nuevo emperador? Seguramente, ambas cosas. No era esto lo que pretendía Jefferson, al que tanta jet-set y tanto show-biz le hubiera mosqueado más que las pelucas de Luis XIV. Claro que don Thomas, en su autobiografía también dice que las razas blancas y negras no pueden vivir en un mismo gobierno.

Obama reza un Padrenuestro, se encomienda a Dios y hace uno de los mejores discursos que se puedan oír, ya sea en español, como en inglés (pdf traducción & pdf english). La escena parece sacada de Gladiator, o más propiamente de la obra maestra de John Milius, Roma, y recupera toda la tradición senatorial grecolatina. Mientras se celebran unos fastos que ya quisiera Napoleón (o Sarkoleón), a nadie se le escapa que la primera decisión como electo ha sido el acuerdo tácito para una intervención militar tipo mini-serie, desde el 27 de diciembre hasta el pasado sábado, que haga el trabajo sucio antes de la fiesta. ¿O acaso alguien imagina que Israel entraría en Gaza sin el beneplácito de EEUU? Es decir, de Obama, que a nadie interesa ya la opinión de Bush.

Uno de los grandes retos será el desafío del Yihad a Estados Unidos. “Nuestra nación está en guerra” -dice el nuevo presidente- “frente a una red de gran alcance de violencia y odio”. La secta medieval podría echar un pulso al nuevo presidente, ojalá no, pero si ocurriera los americanos tendrían toda la legitimidad para desencadenar a los perros de la guerra. Que Dios le ayude. Y si un día vemos un presidente blanco en Sudáfrica habremos cerrado uno de los círculos más estúpidos creado por el Hombre. Ojalá sí.

Paranoia por omisión

Corren tiempos de lo que Rafael Herrera llama “paz bélica”. El superagente Jack Bauer se ha estrenado con toda la corrección política, juzgado por abusos y torturas. Los límites de la violencia deben ser fijados de nuevo y, antes o después, alguien deberá pregunta lo que Bauer plantea al tribunal: ¿Hasta dónde están dispuestos a llegar?

En junio pasado Uganda, la RDC y Sudán acordaron coordinar operaciones militares contra la rebelión del LRA, un grupo fundamentalista bíblico que en su enfrentamiento civil ha causado la muerte de decenas de miles. Hoy los terroristas han respondido: Según Human Rights Watch (HRW) y Justice Plus, los del Ejército de Resistencia del Señor (LRA) “masacraron brutalmente a 620 personas y secuestraron a más de 160 niños” esperando al día de Navidad para hacer la matanza. Prendieron fuego a un millar de casas, 3 escuelas y 9 iglesias. Los niños secuestrados servirán como soldados, ellos, y como objetos sexuales ellas. Entre los supervivientes hay niñas de tres años con profundas heridas en el cuello por los intentos de arrancarles la cabeza de cuajo.
Algún breve en la prensa. Los civiles asesinados, cuatro veces más que en Gaza, no son noticia. Nadie se manifiesta “por la paz”.

Cito de nuevo a Herrera pues su estudio -“Un largo día (globalización y crisis política)”, 2008, Tres Fronteras Ediciones- sitúa en el nuevo contexto mundial aquello que los militares de EEUU denominaron en 1.989 “guerras de cuarta generación”. Me interesa especialmente la “paranoia por omisión”, enquistada en Europa como la “paranoia por acción” ha sido bandera en el gobierno de George W. Bush:
“Ante la imposibilidad de identificar al enemigo, a pesar de sufrir invariablemente su acción destructiva, la sociedad puede caer en el estado contrario, de considerar cada ataque como una mera excepción terrorífica, que asalta el orden normal, en el que se vive… implica que los ciudadanos se aferran a una normalidad objetivamente inexistente para obviar… una anormalidad existencial en su vida normal”.


Esa cómoda manía persecutoria de la normalidad reduce cada acción del enemigo a un milagro negativo, cerrando los ojos a la evidencia de que el terror es parte de nuestra supuesta “normalidad”. La paranoia por omisión asume que puede haber un día 11, pero sólo uno, y da por descontado que no irrumpirá otro jueves negro en nuestras vidas, quizá porque los paranoicos nunca subirán a un tren de cercanías.

Leer más en Hispalibertas.

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1 comentario:

  1. Si tenemos en cuenta las semejanzas que hubo en la trayectoria y muerte entre Lincoln y Kennedy y, encima, vemos la obsesión de Obama por albergar similitudes con estos dos... da miedo.

    No obstante, si fuera él, yo no pasaría por la plaza Dealey ni iría al teatro.

    Un saludo

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