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martes, 5 de julio de 2011

11-M, la miniserie




  Un 14,1% de share con 2.247.000 espectadores en la emisión de su primera parte, El Intercambio. Es un buen dato de audiencia en pleno verano, aunque no llega al 18,9% que se llevó Los misterios de Laura, en la 1 de rtve.

Abordé esta primera parte con desconfianza. Era lo más lógico dado que en la moda de las miniseries se han hecho cosas como ridículos amores principescos y hasta un biopic de la señora que se zumbó a un torero, y cuando de explotar morbos recientes se trata, nos han torturado con alakranas y accidentes de avión. "11-M: Para que nadie lo olvide" es otra cosa, más digna, mejor.

La producción insiste en esa manía española de iluminar todo como una sitcom de estudio (incomprensible, ¿¡qué les pasa con la luz!?), en los mismos sempiternos movimientos de cámara, enfoques de manual y nula creatividad, planos idénticos a los que harían en cualquier otra producción española, desde Hispania hasta Física o Química. La ficción televisiva patria es como una fábrica de longanizas: hay un método y se aplica siempre, huyendo de cualquier novedad, planteamiento arriesgado o trabajo de autor.

La trama refleja ese caos que es el mundo yihadista, sin explicarlo apenas, haciendo difícil la comprensión de los hechos para un espectador que no supiera nada del tema. No cuenta una historia, solo repasa hechos que el espectador debe conocer previamente, porque si no, no se enterará de nada. Está bien ceñirse al sumario de los juicios, pero además había que construir un relato coherente para no avisados, cosa que no hace ni de lejos. El guión se construye sobre un supuesto acercamiento humano a los asesinos e intenta despistar con arquetipos sensibleros de futuras víctimas. Lo de los novietes o el ecuatoriano, en un manido esquema al estilo de aquellos dramones con catástrofe, no consigue sino alargar innecesariamente la acción. La narración a través de los terroristas salta de unos hechos a otros, sin solución de continuidad, con enormes elipsis solo para iniciados o lectores de Pedrojota, dando como resultado un galimatías de alias y nombres moros, imposibles de retener, adobados con una cursilería intragable, cargándose todo el interés de la historia para alargarla en dos días de emisión. Un montaje distinto, eliminando casi la mitad del metraje y manteniendo el hilo argumental, hubiera podido crear suspense y ofrecer un producto sólido, sin concesiones, con una dirección que incorporase personalidad y no puro oficio de trabajo en cadena.

El resultado ofrece cosas buenas. Es emocionante a veces (la intervención del geo Torronteras en Leganés) y los actores logran crear imágenes creíbles de sus personajes. A pesar del guión a salto de mata, sin hilazón coherente porque apela al conocimiento previo de los hechos, la dirección de actores hace que sean lo mejor en la miniserie. Zoe Berriatúa compone un Trashorras muy convincente; el ceutí Abdelatif Hwidar (El Chino), Paco Manzanedo (Rafa Zouhier) y el pacense Kaabil S. Ettaouil (Serhane El Tunecino) dan miedo. La que se sale es Irene Arcos, actriz que interpreta a la esposa del Chino, madre de su hijo y yonqui rehabilitándose. Desconozco por qué la llaman "Maribel" (su nombre es Rosa). Irene Arcos trabaja actualmente en la segunda temporada de Hispania y consigue en 11-M crear un personaje que, pese a los pocos minutos disponibles, cuando sale ocupa toda la pantalla.

Por cierto, si alguien ha visto a Jamal Zougam que avise. Lo malo de seguir sentencias judiciales es que muchas cosas deben quedarse fuera. Los terroristas del 7-J en Londres no han sido condenados, ni hay sentencia, simplemente están muertos y no pudieron ser juzgados, como la mayoría de participantes en el 11-S de Nueva York. Caso idéntico al del núcleo duro del 11-M, los suicidas de Leganés, pero precisamente de Jamal Zougam sabemos casi todo, juzgado y condenado aunque desde algunos medios sigan defendiendo a día de hoy su inocencia. No encuentro explicación para camuflarlo, pero eso es lo que hace "11-M: Para que nadie lo olvide": se olvidaron de Zougam.

Si algo dejan claro los guionistas es la única razón que tuvieron estos tarados para perpetrar semejante salvajada: el islamismo, ideología político-religiosa que aplica las doctrinas del islam, y que pretende acabar con la Civilización, con mayor ahínco en lugares como España, de donde fueron expulsados. Las posteriores excusas, invasiones de Afganistán e Irak, son solo eso, motivaciones sobrevenidas para unos energúmenos criados en los complejos y odios de una doctrina política que es dueña de barriadas enteras aquí al lado, en Tetuán o aquí mismo, en el barrio del Príncipe, Ceuta, haciendo de algunas partes de España, como Barcelona, la base europea del yihadismo.

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