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sábado, 1 de enero de 2011

Los condones del obispo

En los telediarios de ayer se destacaba la noticia de que el Papa ha promulgado una nueva norma de aplicación a todos los organismos y entidades dependientes de la Santa Sede, para luchar contra el blanqueo de dinero y la financiación del terrorismo, constituyendo al tiempo una Autoridad de Información Financiera (AIF) al modo de los demás bancos centrales. La noticia llevaba una curiosa apostilla: el último papa que intentó algo así murió a las pocas semanas en extrañas circunstancias. Todo el enunciado, incluyendo la apostilla, es impecablemente veraz.



Algo parecido ocurrió con la cruzada emprendida por Benedicto XVI contra la pederastia, trabajo que comenzó al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe y que no pudo llevar a buen término hasta que fue elegido obispo de Roma. En todos estos temas y cualesquiera otros, salen de debajo de las piedras verdaderos zotes con mitra de obispo, que nos hacen preguntarnos a los fieles si algunos obispados se rifan en una tómbola.

Particularmente en cuestiones de culo los hay que desvarían, y si hablan de condones, más. Durante el mes pasado L’Osservatore Romano filtró unas palabras del Papa en las que decía que en algunas circunstancias el uso de preservativos no solo está justificado, sino que lo moralmente cristiano es su utilización. Daba como ejemplo el de personas con enfermedades venéreas que ejercen la prostitución. Algo en perfecta consonancia con el hecho de que solo con el condón no se soluciona la propagación del SIDA, al revés, si solo se utiliza el condón en ese combate los efectos pueden ser contrarios. Que surjan centenares de indocumentados tergiversando las palabras del papa es lo normal, lo que empieza a ser preocupante es que eso mismo lo hagan obispos de la Iglesia que se supone deben tener una autoridad moral y un mínimo de sentido común. Con estas declaraciones del papa ha habido una verdadera avalancha de religiosos dispuestos a enmendarle la plana, “dijo esto pero quería decir aquello“.

En una entrevista para la revista Alba, el obispo de Segorbe-Castellón, Mon. Juan Antonio Reig Pla, casi consigue que pierda mi fe en la inteligencia humana, por no hablar de su intervención en la tele, con algunos gatos pardos que circulan por Intereconomía. Un bochorno.
Aparte de contradecirse, y no le voy a hacer un fiskin por piedad cristiana, cuando habla de los significados unitivo y procreativo del matrimonio llega a afirmar que no es posible separarlos, y que para este principio «no hay excepción alguna y se trata de una doctrina definitiva». Pero llega más lejos:

Aunque el cónyuge enfermo de SIDA no pueda exigir al sano la relación sexual, éste sí puede lícitamente concederla, aceptando por amor el riesgo para su propia vida, a fin de salvar el resto de los bienes del matrimonio: la fidelidad conyugal, la expresión del mutuo amor y la estabilidad matrimonial. -Mon. Juan Antonio Reig Pla en Alba


Ya digo que no quiero ensañarme, pero semejante barbaridad ¿no lleva implícita una carga de malevolencia inaceptable? Cuando Pablo instruye a Timoteo sobre las cualidades de pastores y obispos, hay un momento que que le dice:

Algunos, desviados de esta línea de conducta, han venido a caer en una vana palabrería; pretenden ser maestros de la Ley sin entender lo que dicen ni lo que tan rotundamente afirman.


Y después enumera las condiciones para ser obispo:

Es, pues, necesario que el epíscopo sea irreprensible, casado una sola vez, sobrio, sensato, educado, hospitalario, apto para enseñar, ni bebedor ni violento, sino moderado, enemigo de pendencias, desprendido del dinero, que gobierne bien su propia casa y mantenga sumisos a sus hijos con toda dignidad; pues si alguno no es capaz de gobernar su propia casa, ¿cómo podrá cuidar de la Iglesia de Dios? Que no sea neófito, no sea que, llevado por la soberbia, caiga en la misma condenación del diablo. Es necesario también que tenga buena fama entre los de fuera, para que no caiga en descrédito y en las redes del diablo.


Vale que yo no cumpla casi ninguna, pero con todo y con eso me basta la buena voluntad y la fe en Jesucristo para afirmar que lo cristiano en ciertas ocasiones es ponerse el condón. Que el pecado gravísimo en circunstancias como las descritas es precisamente no ponérselo.

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