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jueves, 28 de enero de 2010

Indios y vaqueros

Cuando jugábamos en pantalón corto y los tomates sabían a tomate, solían poner unas películas en las que audaces vaqueros enfrentaban la saña asesina de pérfidos salvajes indios, los pieles rojas. Me pido Jim, gritaba uno, pues yo el llanero solitario, decía otro. Creo que fue en 1970, con Soldado Azul, que nos pasamos todos al bando cheyenne. Imposible resistirse a Candice Bergen, una rubia californiana haciendo de india en pelotas, impresionante. Los mismos señores de Hollywood que llevaban 67 años (desde 1903) cantando las virtudes del noble vaquero, se liaron a explicarnos lo bondadosos que eran los indios —desde entonces indígenas— y el general Custer se convirtió en un perverso mariquita genocida. El muñequito preferido, un Custer monocolor de peseta, lo cambiamos por otro en colorines de Jerónimo. En 1970, lo que vendía era protestar contra los vaqueros de Vietnam, y así llegamos a Pequeño Gran Hombre, Bailando con lobos y hasta Avatar. Cosas de la mercadotecnia.

Los indios caribes eran malísimos, con esa fea costumbre de merendarse españoles a lo bestia, sin condimentar ni nada. Pero para delicias gastronómicas los aztecas, que se zampaban a sus indios y vendían perniles hispanos en el mercado de Tenochtitlán. Antes incluso de la Guerra de los Ochenta Años, cuando los holandeses se forraban a costa del Imperio, se referían a los españoles como nuestros indios. En los tebeos, el Jabato luchaba contra sus indios, que eran romanos, y el Capitán América contra los suyos: nazis y comunistas. Del Guerrero del Antifaz y el Capitán Trueno no digo nada, creo que el gobierno y Bin Ladin los han prohibido por decreto, y sus autores andan en un taller de rehabilitación que dirige Bibí, porque yo lo valgo, Aído. La cosa es que cada cierto tiempo cambiamos de indios, o nos cambian, de manera que nosotros seamos siempre los buenos.


Además de los holocaustos en Madrid, Barcelona o Valencia, la Iglesia lleva unos años en eso de la memoria histórica menos conocida. Lo último ha sido la beatificación el pasado sábado 23 de enero, en Mataró, de Mosén Josep Samsó, asesinado el 28 de julio de 1936. El arzobispado de Toledo está excavando en Camuñas para beatificar a ocho curas y una mujer. Eran personas como Inocenta Millán Gallego, arrastrada con un coche el 4 de septiembre de 1936, torturada y arrojada viva a la mina Las Cabezuelas por católica; o el párroco de Herencia, asesinado en su pueblo natal el 25 de noviembre de 1936 junto a 25 personas más, seglares y sacerdotes, arrojados a la mina en la carretera de Puerto Lápice. Ante los primeros hallazgos, el diario El País aclara a sus creyentes que esos no son los buenos, sino indios.

«Las víctimas no son republicanas, sino sacerdotes y gente adinerada y de ideología de derechas fusilada por el bando perdedor de la guerra. Y eso … lo cambia a todo».


Ayer, una señora de Camuñas clamaba por la memoria de su padre: fue el mismo 18 de julio, somos una familia humilde y cristiana, mi padre era agricultor, estaba en el campo cuando se lo llevaron y lo mataron. Gente adinerada, de derechas… o sea, indios. Y lo de distinguir entre republicanos o no hablando de víctimas del terror y una patulea estalinista y salvaje tiene pelotas, porque hay que tenerlas peladas para decir las majaderías que perpetra El País. Ese nosotros puede ser cualquiera en un país como España donde cualquier cosa es posible. Que el carnicero de Paracuellos, por canas y por su papel en la Transición, sea más o menos exculpado, hasta puede entenderse, pero es que aquí se han hecho homenajes a verdaderos psicópatas como José Díaz, Dolores Ibárruri o el golpista Lluis Companys, que al ser informado por un político francés sobre que un fraile había traspasado la frontera, contestó: «Imposible, no hemos dejado ninguno».

La persecución religiosa en Toledo y Ciudad Real está muy poco documentada. Se pusieron placas sin nombre y apenas nada más. Aquí yacen cristianos que dieron sus vidas víctimas de la guerra de 1936 a 1939. R.I.P. Don Manuel Azaña menciona lo que él llama Terror Rojo en La revolución abortada:

«Algunas de estas fosas se convertirán en depósito permanente de cadáveres durante toda la guerra, como el pozo de la mina de Camuñas, donde los milicianos irán arrojando a lo largo de tres años a sus víctimas de Ciudad Real y Toledo. Otras fosas, como las de Paracuellos, son fehaciente prueba de exterminios masivos con un alto grado de organización. Y en el mismo capítulo hay que mencionar el testimonio forense: los informes oficiales de las instituciones policiales o judiciales, aún no controladas por los comités del Frente Popular, que en las primeras semanas del Terror rojo proceden al levantamiento de los cadáveres y a su examen y registro fotográfico. Son especialmente abundantes las imágenes procedentes de Madrid, que es también la ciudad con mayor número de víctimas del Terror. Las fotografías hablan de tiros en la nuca, pero también de cabezas aplastadas con piedras de gran tamaño, antes o después de la muerte; los informes forenses detallan asimismo violaciones y torturas, así como miembros amputados. Esta fuente gráfica se cegará cuando el aparato institucional quede definitivamente bajo el poder de los partidos revolucionarios. En Gijón, por ejemplo, el 14 de agosto de 1936 los milicianos prohíben al médico forense del juzgado de instrucción del distrito de Oriente seguir identificando cadáveres mediante retratos fotográficos. Se trataba de borrar pistas. Lo mismo ocurrirá en el resto de España. Las muertes continuarán, pero ya nadie guardará la imagen de los cadáveres».

Si me animo y me pongo otra vez el pantalón corto, volveré a ser vaquero. O indio, lo que me dé la gana. Sabiendo, como Clint Eastwood, que no hay crimen sin castigo ni vida sin perdón.

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