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sábado, 5 de septiembre de 2009

El discreto encanto de la dictadura


Como si cayera del guindo, pregunta Ana Belén: «¿Por qué los cubanos que viven en Cuba no tienen derecho a disfrutar de Juanes?» Resulta que Juanes ha ido a Cuba para cantar, y por supuesto bajo la inefable enseña de Paz sin fronteras (¡en Cuba! ¡Paz sin fronteras!). Los de Granma, que dan saltitos de alegría, señalan que será el Día de la Paz Mundial en esos papeles que el pueblo soberano usa para limpiarse los palominos. Algo por la paz en Colombia, donde las FARC asesinan para alimentar su negocio de droga, sería comprensible, pero en Cuba hay tremenda paz de campo santo, lo que falta es libertad. Si se tratara de otro no pasaría nada, pero del artista colombiano nadie lo esperaba. No es lo mismo que si notorios defensores de distintas tiranías, como Victor Manuel o Silvio Rodríguez, colaboraran con el salvajismo de los hermanos Castro, o cuando Haro Tecglen cambiaba franquismo por castrismo, o Pío Moa estalinismo por revisionismo franquista. Lo de Juanes levanta ampollas.

Ahí están los iconos del pijerío ochentero, prietas las filas, defendiendo lo indefendible. Papito, el jubilata Bosé que cada día se parece más al marqués de Sotoancho y su mamá, suma a sus ignotas aportaciones musicales consignas de miss en un concurso de belleza. Según él, los jóvenes exiliados «ya no pueden más de escuchar el mismo mensaje de rencor», que será el mismo de los represaliados por Pinochet, con la diferencia de que la mala bestia castrista no deja el poder. Bosé parlotea sobre la superpaz chupiguay con, asómbrense, «un cartel equilibrado en el que estén representados los artistas del régimen y los que se oponen a él». Por decirlo todo, tanto Juanes como Bosé (o Shakira y Alejandro Sanz) colaboran en proyectos por la infancia americana.

Las momias contraatacan


Es el mal de nuestro tiempo, el de todos los tiempos adaptado como mejor venda al rebaño de cada época. Una elite bien acomodada hace su agosto contemporizando con el totalitarismo, como cuando el Opus Dei creció en el Chile pinochetista, o cuando Sartre visitó la URSS y nos dejó aquella perla suya: «En la URSS hay total libertad de crítica». Utilizan la manipulación del lenguaje, argumentos esencialistas y sensibleros aliñados con la paranoia conspiratoria que caracterizó a los movimientos social-fascistas, desde el estalinismo al nazismo. Así se consigue que masas populares bienintencionadas terminen haciendo el paso de la oca y comprando cada nueva memez oligárquica. Los distintos fascismos basculan desde el original internacionalismo pretendidamente pacifista hasta el socialismo nacionalista, pero ante la imposibilidad de reeditar ideólogos como Alfred Rosemberg, Sabino Arana o Mao, los actuales dictadores emulan el peronismo, Tito y otras versiones populistas. Es una vieja historia que marca especialmente nuestro siglo pasado.

El mismo Sartre decía sobre la dictadura castrista que «el país que ha emergido de la revolución cubana es una democracia directa». Ahora vuelve, o lo vuelven, con un guión original de 1943 que nunca se llevó al cine, Tifus. Noam Chomski, («uno de los intelectuales más prestigiosos de la izquierda internacional», según El Mundo, que no hace más que repetir lo que Chomsky, modesto, dice continuamente de sí mismo), cómplice de los mayores horrores imaginables y más desprestigiado que Jean Paul Sartre, Saramago o Russell, dice que «hablar de la paz es, de alguna manera, fácil … lo difícil es crear un nuevo mundo», y se declara emocionado por «ver en Venezuela cómo se está construyendo ese otro mundo posible y ver a uno de los hombres que ha inspirado esta situación». Se refiere al tirano del nuevo fascio-populismo, Chávez, en un buen ejemplo de su gramática generativa transformacional.

El razonamiento de Chomski no cambia, lo utilizó para exculpar a los genocidas camboyanos, exactamente el mismo que el que expresó Rudolf Hess en su alegato final de Nuremberg: los judíos no solo son quienes empezaron la guerra sino que son responsables del Holocausto porque obligaron a los nazis a llevarlo a cabo mediante control mental. Chomski negó primero los crímenes de Pol Pot, un «invento de la propaganda occidental», y cuando aceptó el genocidio la culpa no era de los asesinos, sino de los crímenes de guerra de Estados Unidos. Cuando se le acabaron las excusas, en los ochenta, ese intelectual de los más prestigiosos hizo fortuna apoyando la dictadura sandinista y negando como haría cualquier revisionista nazi las matanzas que el violador pedófilo Ortega perpetró contra los indios misquitos (Michael Moore se negó incluso a publicar las crónicas que sus corresponsales hicieron sobre las masacres cuando era editor).

Todo por la paz

Afortunadamente no solo hay cómplices y quienes alteran el lenguaje (tolerancia cero, dicen); algunos como el nuevo gobierno de Pachi López aplican simplemente la intolerancia frente a las modernas versiones del fascismo. Algo que no ocurrió durante los más de 20 años que la Iglesia estuvo impulsando el proceso de paz, con pastorales condenado la ley de partidos. Porque no todo vale por la paz. Todos los movimientos fascistas, desde el falangismo al trotskismo de Roures o las alianzas de paz chupiguay, se apoyan en buenos sentimientos, bienestar del pueblo, paz, independencia y liberación de clases oprimidas. Para tan loables fines se vulnera la ley, se da preminencia absoluta a la política (a los políticos y sus intereses, nada que ver con la gente), y se consagra el principio de que cualquier cosa es legítima si hay una buena masa que grite lo bastante.

Hay una segunda vertiente, no menos repugnante, que nace de la connivencia con las dictaduras petroleras tras la crisis de los setenta: la tolerancia, comprensión, e incluso alianza con la teocracia islámica. Tariq Ramadan, por ejemplo, acaba de ser despedido por la Universidad Erasmo de Rotterdam tras una inconcebible escalada de barbaridades. Este tipo, pagado con fondos públicos como Chomski, daba lecciones en Rotterdam y Madrid donde calificó los atentados del 11-M, 11-S y Bali como intervenciones con objetivos legítimos, y cuando Sarkozy le retó en aquel debate televisado en 2003 para que condenase las lapidaciones de adúlteras, se negó, aceptando en todo caso una moratoria. Tariq Ramadan es nieto de Hasan al Banna, fundador de los Hermanos Musulmanes, padre putativo de los terroristas de Hamás o Al Qaeda, y es el principal valedor del islamismo europeo, ejemplo de aplicación de la taqiyya (mentir sobre el islam y las propias intenciones, para imponer democráticamente la Sharía). Fue presentado en España por el Club de Madrid de Diego Hidalgo o la Fundación Atman como un adalid del diálogo y la Alianza de Civilizaciones ante la complacida presencia de Leire Pajín, Felipe González, Moratinos y el entonces presidente de la Conferencia Episcopal, Ricardo Blázquez.

Mientras ellos se dan besitos, en Irán van a lapidar a Sakineh Mohamadi por adúltera, tras haberla torturado con 99 latigazos. Para que no se muera enseguida los clérigos han ordenado asesinarla con piedras pequeñas. Federico Mayor Zaragoza, aquel rector franquista de la Universidad de Granada que prohibía hablar de democracia y libertad, y que preside la Alianza de Civilizaciones, no ha dicho ni pío. Es presidente de la Fundación para una Cultura de Paz, cómo no. En Cuba Pánfilo cumple dos años de cárcel por decir «Hace falta comida, que hay tremenda hambre aquí».

No sé de qué se quejan, si hasta Bosé va a cantarles el super-buenrollito planetario, y si se portan bien les hará un himno por los 25 años de paz, o los cincuenta.


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