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martes, 25 de septiembre de 2007

Aspectos jurídicos de la vida, proceso y pasión de Jesús - y 4

"ASPECTOS JURÍDICOS DE LA VIDA, PROCESO Y PASIÓN DE JESÚS".
JOSÉ FRANCISCO DE QUEROL Y LOMBARDERO

General Consejero Togado del Cuerpo Jurídico Militar Magistrado de la Sala Quinta de lo Militar del Tribunal Supremo.
1ª parte, aquí. 2ª parte, aquí. 3ª parte, aquí.

4ª y ÚLTIMA PARTE:
La primera fase se desarrolla ante el Sanedrín, allí hacen comparecer a Jesús, y allí deponen los testigos. Podemos leer en San Mateo:
"Los Sumos Sacerdotes y el Sanedrín entero buscaban algún falso testimonio contra Jesús con el objeto de darle muerte, y no lo hallaron con haberse presentado muchos testigos ".
Era entonces norma legal que
"en boca de dos o más testigos está la verdad".
Pues, a pesar de que el propio Tribunal, prevaricando, busca e interroga a sabiendas a testigos falsos, no logra obtener ese doble testimonio en que fundamentar una verdad, puesto que los testimonios que se produjeron "eran contradictorios".
La prevaricación es clara:
.-En primer lugar, porque maliciosamente se degrada el fin de la investigación, que debe dirigirse a la búsqueda y averiguación de la verdad y, en este caso, se predetermina para buscar a todo trance la condena de un inocente.
.-En segundo lugar, porque el propio tribunal incurre en el delito de traer a sabiendas, para ser examinados por él, a testigos falsos; lo dice San Mateo:
"buscaban algunos testigos contra Jesús "
y habiéndose presentado muchos, eran, no obstante, contradictorios.

Vemos pues que no fue, no, un error judicial, el que, al decir de Popot estableció un puente de unión entre Dios y los hombres. Jesús fue juzgado con malas artes y, ningún jurista, cristiano o ateo, siguiendo el relato de los Evangelios, puede honestamente sostener otra cosa.
Ante el fallo de los testigos, el Sanedrín terco en su propósito de hallar pruebas contra Jesús, lo acosa, extorsiona y coacciona en confesión. Cristo calla, hasta que exasperado el Sumo Sacerdote le dice:
Te conjuro por el Dios Vivo que me digas si tú eres el Mesías.
Y aquí sí, aquí Jesús responde:
Tú lo has dicho.

Entonces, el Sumo sacerdote rasga sus vestiduras diciendo:
"Blasfemó ...! ¿qué necesidad tenemos de testigos? ... ahora mismo oísteis la blasfemia".

Los asistentes, como obedeciendo a la voz de su amo, clamaban "¡Reo es de muerte, reo es de muerte!".
Es necesario detenemos aquí un momento. El Tribunal al fin ha llegado a un veredicto: Jesús ha blasfemado y deber ser condenado a muerte. Más adelante veremos que no es del delito de blasfemia del que después le inculpan cuando presentan a Cristo ante Poncio Pilatos para que confirme la pena capital.

Pero debemos analizar la calificación jurídica formulada por el Sanedrín: Jesús se atribuye el carácter de Dios, de Mesías... Si realmente lo era ¿dónde está la blasfemia? El problema jurídico no aparece, pues, del todo relegado del teológico. Contemplando a Jesús-Hombre no podemos eludir el tema de si estamos ante Jesús-Dios, pero el Derecho no da solución alguna; existirán métodos filosóficos, apologéticos, metafísicos y teológicos para demostrar la divinidad de Cristo, pero no existe un método jurídico para investigar o probar tal extremo. El jurista debe conformarse con que Jesús se atribuye el carácter de Mesías, de Hijo de Dios, por lo cual el Tribunal lo considera reo de blasfemia. Pero entonces nos encontramos ante un delito de carácter religioso y el caso sería ajeno a la competencia del Gobernador romano sin cuyo concurso no podía imponerse la pena de muerte.
Había que plantear la cuestión de otra manera a Pilatos; ya que el pretor, cuando pregunta a Jesús:
¿Tú eres el Rey de los judíos? Y Jesús responde: "Tú lo dices"
No halló culpa en él. Los sacerdotes se inquietan y temen perder su presa,
"si éste no fuera un malhechor no te lo hubiéramos entregado".
Y las turbas orquestadas por escribas y fariseos proferían la acusación: ¡Amotina el pueblo, amotina al pueblo!.
Nadie se atreve ante el pretor a reiterar la acusación de blasfemia, y el Gobernador que barrunta el problema y pretende desligarse de sus responsabilidades, se desprende del reo:
"Tomadlo vosotros y juzgarlo según vuestra ley".

Aquí debería haber concluí do definitivamente la intervención romana, convencido el Pretor que el asunto no era de su competencia, como tampoco lo era de la del Rey de Judea, el idumeo Herodes, que tampoco quiere saber nada de responsabilidades, pretendiendo tan sólo regocijarse viendo a Jesús hacer milagros, pues había oído decir muchas cosas de él y esperaba verle hacer grandes prodigios, como dicen los Evangelios. Jesús, que jamás obró un milagro en su propio y humano provecho, dejó en Herodes a un nuevo defraudado. y esto lo conduce nuevamente ante Pilatos, y vuelve el interrogatorio, y vuelve a aullar la turba (¡crucifícale, crucifícale!), y vuelven los silencios de Jesús.
El vacilante romano se impacienta:
"¿A mi no me contestas, no sabes que tengo potestad para soltarte o crucificarte?"
Dícele Jesús:
-"No tuvieres potestad alguna sobre mí, si no te hubiera sido dada desde arriba".

Tema éste de honda meditación para el jurista. Sobre ella descansa la teoría tomista de la justificación del poder. El poder, pues, no viene del pueblo, sino de Dios, que ha creado todo lo que es necesario al hombre, y al hombre, necesitado de vivir en sociedad, le es imprescindible el poder. Es la investidura, la elección de quienes lo encarnan, lo que puede venir del pueblo. Jesús, por tanto (y el cristianismo) siempre ha sido respetuoso con la Autoridad civil; consecuentemente, acepta que se paguen impuestos a Roma, y acepta la Autoridad del pretor, cuya competencia no impugna. Pilatos interroga y oye y, a consecuencia de esto, como escribe San Juan pretendía librar a Jesús. Pero los judíos gritaban:
"Si sueltas a éste .. no eres amigo del César! El que se declara Rey es enemigo del César".

Definitivas palabras que acaban con la duda del Pretor ... ya que no le importa la interrogante: ¿Qué es la verdad de nada vale que el Reino de Cristo no es de este mundo y que Jesús no ha cometido más delito, si es que ello lo fuere, que dar testimonio de la verdad. Lo que importa es el César, el poder absoluto romano, a quien no conviene enojar... y Pilatos capitula, muy a su pesar, y se rinde ante los judíos sin perder su grandilocuencia, con un espectacular lavatorio de manos:
"que no caiga sobre mí la sangre de este justo".
Le queda un resto de dignidad y, pese a la oposición judía, manda poner el INRI en la cabecera de la Cruz de Cristo:
"Jesús Nazareno Rey de los Judíos".

Y Cristo, respetuoso con la ley y con sus Jueces, acepta la sentencia, carga con su cruz y se dirige al Calvario para ser crucificado entre dos malhechores. Posiblemente, los que han prevaricado ignoran que se está consumando la Redención.

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