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jueves, 25 de marzo de 2010

Criminales en la Iglesia


Desde enero de 2001 hasta marzo de 2010, las denuncias por presuntos abusos sexuales cometidos por miembros de la Iglesia en España son 14. De ellas, 8 fueron condenados y 3 de los violadores entraron en prisión. Es una enormidad inaceptable. Que hasta los Niños Cantores de Viena denuncien acoso sexual, es grave, pero no es lo mismo; que incluso Amnistía Internacional denuncie los centros de protección terapéuticos para menores de las comunidades autónomas, resulta espeluznante, pero no es igual. Esos 8 casos de religiosos que cometieron estupro son criminales de la peor especie que no solo pecaron contra el Hombre, sino contra el Espíritu Santo. No pueden ser nunca olvidados. Nunca. A mayor escarnio, si cabe, algunos orates del cristianismo militante parecen haberse vuelto locos. Como un cencerro, poniendo la Iglesia a los pies de los caballos con sus delirantes reflexiones.


En la Iglesia hemos cometido crímenes terribles. Si alguna vez Satanás tuvo cara, esa es la de Sean Fortune, el cura irlandés que se suicidó en 1999 mezclando drogas y alcohol mientras esperaba su juicio por abusar de 29 chicos. Dos de sus víctimas también se suicidaron.

«Los domingos por la mañana, después de que Fortune me hubiera violado, me dejaba en su cama, en el dormitorio, en esa casa… y bajaba para celebrar la primera misa. Recuerdo que volvía después de celebrar la misa, y a veces me violaba otra vez. A veces tenía que bajar con él para desayunar, después veníamos aquí para la segunda misa, y yo tenía que ver cómo celebraba la misa».


Es una plaga bíblica. Además de Irlanda y Chicago, la degradación llega a todo el mundo, católico o no, pero la maldad intrínseca que conlleva respecto a pastores de la Iglesia hace de estos casos la basura más putrefacta instalada entre nosotros. De los 210.000 casos de abusos sexuales denunciados en Alemania desde 1995, 94 denuncias fueron por hechos acaecidos en instituciones ligadas con la Iglesia; de las 510 denuncias en Austria, 17 son contra eclesiásticos.

Algo debe estar mal, muy mal, cuando de todo lo que se oye últimamente solo he podido identificarme con Iñaqui Gabilondo y su arriano en plantilla, Juan José Tamayo (espero que nadie lea esto o mi reputación caerá por los suelos). Hay que abrir puertas y ventanas, que corra el aire, porque solo la verdad nos hace libres. La epístola de Benedicto XVI a los irlandeses y el programa que propone terminan con cualquier atisbo de lavar la ropa sucia en casa. El Papa señala que el programa de renovación del Concilio Vaticano II se ha malentendido y que el desconcierto ante profundos cambios sociales propició una tendencia de repliegue eclesiástico que se ha demostrado inútil cuando no contraproducente. Hay que extremar los controles para el acceso al sacerdocio o cualquier tipo de vida religiosa, recuperar la excelencia en la formación humana, moral, intelectual y espiritual de los seminaristas y todos cuantos pretendan hacer catequesis, y no poner jamás el buen nombre de la Iglesia por encima de la verdad. Lo contrario ha llevado a, en palabras del santo padre, oscurecer tanto la luz del Evangelio como no lo habían hecho siglos de persecución.

Cuando los discípulos preguntaron a Jesús quién era el más grande en el Reino, estaban dando por hecho que ellos ya estaban dentro. Pero Cristo no hizo ni caso a su soberbia y les respondió a una pregunta no formulada, el cómo: llamó a un niño, lo colocó en medio de ellos, y dijo que si no se convertían y hacían como los niños, no entrarían en el reino de Dios.

«El que acoja a uno de estos niños en atención a mí, a mí me acoge.Pero a quien escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgasen al cuello una piedra de molino y lo arrojaran al fondo del mar.

¡Ay del mundo por los escándalos! Es inevitable que sucedan escándalos. Pero, ¡ay del hombre por quien viene el escándalo!»


A veces, es suficiente con recordar lo básico:

«Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños. Pues os digo que sus ángeles en el cielo contemplan continuamente el rostro de mi Padre celestial».

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